Acuérdate, Señor, de tu Congregación,
que poseíste desde el comienzo (Sal 74,2).
Tú la llevabas en la mente
y pensabas en ella desde la eternidad.
Tú la tenías en las manos,
cuando con tu palabra creaste el universo.
Tú la poseías en tu corazón cuando tu Hijo amado,
al morir en la cruz, la rociaba con su sangre,
la consagraba con su muerte
y la confiaba al cuidado de su Madre santísima.
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