Historia de la Compañía de María

Contenido:

  1. Introducción
  2. Capítulo I - La fundación
  3. Capítulo II - Los comienzos
  4. Capítulo III - La tempestad
  5. Capítulo IV - La renovación
  6. Capítulo V - La expansión internacional
  7. Capítulo VI - Hacia un nuevo equilibrio
  8. Conclusión
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A continuación un fragmento de la Historia de la Compañía de María:

P. Michel Bertrand, s.m.m.
Traducido por el p. José Aurelio Rozo, s.m.m.

 

INTRODUCCIÓN

Esta historia de la Compañía de María no pretende ser exhaustiva. Quizá algunos lectores queden decepcionados al no encontrar en ella detalles que hubieran querido conocer. La finalidad de este trabajo no es ser una compilación detallada de la vida de la Congregación. Si se tratara de relatar todo, sobre todo lo referente al siglo XX, serían necesarios varios volúmenes.

Pero los destinatarios de este libro son ante todo los aspirantes monfortianos de los diferentes continentes, para ayudarles a conocer la Congregación con la cual tienen intención de comprometerse. Como se supone que no conocen la Historia de Francia ni su geografía, hay algunos datos o evocaciones que pueden parecer superfluos a los Europeos.

La Historia de la Compañía se divide en seis capítulos:

I. La fundación

II. Los comienzos: desde la muerte del Padre de Montfort hasta la Revolución Francesa en 1789

III. La tormenta: período de la Revolución hasta el Concordato de 1801

IV. La renovación: el siglo XIX hasta 1871, año de la primera fundación fuera de Francia

V. La expansión internacional: período de crecimiento rápido de la Congregación, cuyo nivel máximo se da en 1966

VI. Hacia un nuevo equilibrio: del comienzo de la recesión en 1966 hasta 1996, año en que termina el relato de este libro con la visita del Papa Juan Pablo II a San Lorenzo, el 19 de septiembre

Para no recargar el texto y hacer su lectura más fluida, no se ha querido poner notas al pie de las páginas. El contenido de las mismas se encuentra ya en el texto, a veces entre paréntesis o guiones.

Este libro es la publicación de una serie de conferencias que su autor dio por primera vez  a los aspirantes peruanos en Lima, julio de 1994, y que ha tenido ocasión de presentar dos veces más a jóvenes monfortianos de diferentes continentes en cursos de formación en San Lorenzo. Ojalá cumpla su función de suscitar en los jóvenes monfortianos el amor de la Compañía de María.

 

CAPÍTULO I - LA FUNDACIÓN

Germinación de un proyecto

Luis María Grignion de Montfort, formado en el seminario de San Sulpicio en París, fue ordenado sacerdote el 5 de junio de 1700. Había llamado la atención de sus formadores, tanto por su piedad como por su ciencia, hasta el punto que hubieran querido conservarlo en su casa. Esta perspectiva, sin embargo, en nada llamaba la atención del joven sacerdote: más que por la formación de los seminaristas se sentía atraído por el apostolado entre las gentes sencillas. Durante sus años en San Sulpicio, había comenzado ya a prepararse para ello, y en los tres o cuatro meses que pasó en el seminario después de su ordenación, siguió compilando notas de sermones con la ambición de capacitarse para improvisar una predicación sobre cualquier tema. Compuso también cánticos para ayudar a sus futuros oyentes a memorizar la doctrina cristiana.

Sabemos esto gracias a los recuerdos que uno de sus amigos ha tenido a bien escribir. A pesar de su temperamento poco comunicativo, Luis María Grignion tenía dos amigos íntimos, que había conocido durante su adolescencia en el Colegio de Rennes. Conviene conocerlos ya que uno y otro tienen algo que ver con la fundación de la Compañía de María.

El primero es Claudio Poullart des Places, fallecido a los 30 años y  algunos meses de edad, luego de haber puesto las bases de la Congregación del Espíritu Santo. En el último siglo el Venerable P. Libermann dio nueva vida a la fundación de Poullart des Places, y orientó el apostolado de los Misioneros del Espíritu Santo hacia el continente africano.

El segundo es Juan Bautista Blain, que llegó a ser canónigo de la diócesis de Ruán y nos dejó numerosas y preciosas informaciones sobre su amigo. Por él conocemos la atracción de Luis María por la predicación del Evangelio. Los fundadores de San Sulpicio lejos de oponerse, le buscaron un sitio donde pudiera él comenzar su apostolado aprovechando la experiencia de algunos sacerdotes mayores. Según ellos la Comunidad de San Clemente en Nantes, dirigida por un sacerdote de San Sulpicio llamado el Señor Lévêque reunía las condiciones deseables.

A fines de septiembre de 1700 el joven sacerdote llegó a dicha comunidad, creyendo encontrar en ella un ambiente según sus aspiraciones. Desafortunadamente su decepción fue profunda... tan profunda que ya el 6 de diciembre confesaba por escrito su desengaño al P. Leschassier, su antiguo director de San Sulpicio, el mismo que lo había orientado hacia Nantes.

Esta carta es el primer indicio de un deseo de fundación, que sólo se consolidará mucho después. Decía Luis María:  “No encontré aquí lo que esperaba, aquello por lo cual dejé, como a pesar mío, una casa tan santa como lo es el seminario de San Sulpicio. Anhelaba, igual que Ud., prepararme para las misiones y sobre todo dar el catecismo a las gentes sencillas, que es lo que más me atrae. Pero no hago nada de esto, y ni siquiera sé si lo haré...” (Carta 5).

Luego describía el estado de la casa, en la cual la observancia dejaba mucho que desear, y a renglón seguido expresaba su sueño: “Desde mi llegada, me siento como perplejo entre dos sentimientos, al parecer opuestos. Por una parte, experimento una inclinación secreta al retiro y a la vida escondida, para aniquilar y combatir mi naturaleza corrompida deseosa de manifestarse. Por otra, siento grandes anhelos de hacer amar a Nuestro Señor y a su Santísima Madre, de correr en forma pobre y sencilla a dar el catecismo a los pobres del campo y excitar a los pecadores a la devoción a la Santísima Virgen. Es lo que hacía un piadoso sacerdote, muerto aquí hace poco en olor de santidad: iba de parroquia en parroquia enseñando el catecismo a la gente del campo, a expensas de la Providencia.

Padre carísimo, no soy digno –en verdad– de empleo tan honorífico; pero, ante las necesidades de la Iglesia, no puedo menos de pedir continuamente con gemidos una pequeña y pobre compañía de sacerdotes ejemplares, que desempeñen ese ministerio bajo el estandarte y la protección de la Santísima Virgen. Trato, sin embargo –aunque con dificultad– de calmar estos anhelos por buenos y continuos que sean, mediante el olvido absoluto de todo lo mio en brazos de la Divina Providencia, y una perfecta obediencia a los consejos de Ud., que consideraré siempre como órdenes”.

Esta comunicación contiene en germen la Carta de la Compañía de María, pero Luis María Grignion no se fiaba de sí mismo. El que algún día invitaría a los cristianos a la renuncia total de sí mismos (VD 259), perseguía sin piedad el amor propio. Antes de emprender algo “quería estar seguro de que fuera la voluntad de Dios que lo comprometía y no el deseo de aparecer”. Trataba pues de calmar sus deseos y esperaba la hora de Dios...

¿Dónde encontrar colaboradores?

Debía llegar la hora de Dios, que le permitiera “enseñar el catecismo a los pobres del campo”, “a expensas de la Providencia”, pero deberá esperar varios años y seguir numerosos recodos hasta poder mostrar por fin plenamente su capacidad de realización.

En octubre de 1701 Luis María dejó a San Clemente para servir a los pobres del hospital de Poitiers. Bien sabía que su vocación no estaba allí, pero tenía la esperanza de “ampliar con el tiempo su ministerio a la ciudad y al campo”, “porque mi anhelo es enseñar el catecismo a los pobres de la ciudad y del campo”.

Durante el verano de 1702 hizo el viaje a París para ayudar a su hermana Luisa Guyonne a encontrar una ubicación. Aprovechó para visitar el seminario de San Sulpicio con la segunda intención de encontrar algunos colaboradores para las misiones. Según Blain, su presencia suscitó curiosidad, pero los pareceres estaban divididos: “Yo que estaba muy atento a lo que de él se decía, no podía comprender que se le considerara santo sin verlo seguir el camino de los santos. Como me sentía muy atraído  a seguirle y servirle de compañero, me interesaba más en todo lo que a él se refería”.

La buena intención del Señor Blain no se realizará, y la razón fue el prestigio de que gozaba el P. Leschassier, cuarto superior de San Sulpicio. Este hombre eminente que, algunos años después de la muerte de Luis María Grignion, reconoció humildemente “no conocer a los santos”, había dado crédito a las críticas llegadas de Nantes y de Poitiers, y había expresado del joven sacerdote un juicio extremamente severo: “El Señor Grignion es muy humilde, pobre, mortificado y piadoso, y, sin embargo, me cuesta creer que sea conducido por el espíritu del bien”.

No sólo lo juzgaba con severidad, sino que se mostró tan frío con él, que Luis María perdió toda esperanza de encontrar algún día colaboradores en San Sulpicio. Visitó entonces a su amigo Claudio Francisco Poullart des Places, venido a París en octubre de 1701 con la intención de hacerse sacerdote. También él tenía muchos proyectos, pero bien diferentes de los anhelos de Luis María: “No me siento atraído por las misiones, pero conozco perfectamente el bien que en ellas se puede hacer para no colaborar a ellas con todas mis fuerzas y hacer con Ud. un pacto inviolable”.

“Ud. sabe que desde hace algún tiempo dedico todo lo que está a mi disposición para ayudar a los escolares pobres a que prosigan sus estudios. Conozco a varios de ellos que teniendo admirables disposiciones, por falta de recursos, no las pueden hacer valer, y se ven obligados a enterrar talentos que serían muy útiles a la Iglesia, si los pudieran cultivar. A ello quisiera dedicarme reuniéndolos en una casa... Si Dios me concede tener éxito, Ud. puede contar con misioneros. Yo los prepararé y Ud. los pondrá a trabajar. En esta forma, Ud. quedará satisfecho y yo también”.

Las obras de uno y otro se complementaban pues de manera admirable. Desafortunadamente el P. Poullart des Places, luego de fundar su seminario, murió en forma prematura el 2 de octubre de 1709. El contrato, no escrito, será, sin embargo, respetado por su sucesor; y varios misioneros de la Compañía de María vendrán del seminario del Espíritu Santo. Más aún, los primeros monfortianos se harán llamar comúnmente “misioneros del Espíritu Santo”.

Esperanzas fundadas

De vuelta a Poitiers, Luis María Grignion encontró el hospital general con sus pobres, pero esto no duró mucho tiempo. De hecho en abril del año siguiente, por las dificultades crecientes se vio obligado a salir de  Poitiers. Dejaba un embrión de comunidad femenina, compuesta por personas lisiadas e impedidas, entre las cuales había puesto a una joven de la alta burguesía de Poitiers: María Luisa Trichet, que llegaría a ser la primera superiora general de las “Hijas de la Sabiduría”.

Quizá por el estímulo que le había dado su amigo Poullart des Places, dirigió sus pasos a París. Abandonado por sus antiguos maestros de San Sulpicio, pasó algún tiempo con los pobres del hospital general de la Salpêtrière; luego encontró un pobre alojamiento debajo de una escalera en la calle Pot-de-Fer.

Se entrevistó nuevamente con Poullart des Places, quien dirigía entonces el  “Seminario de estudiantes pobres” que él mismo había fundado en la calle de Cordiers. Se dedicaba a procurarles el pan material, pero sobre todo velaba por su formación espiritual. Personalmente daba instrucciones y cada vez que tenía ocasión, “les hacía dar retiros por los mejores maestros en la materia” (Besnard, libro 5, Pág.280). Así el Señor Grignion tuvo la oportunidad de participar en su formación durante su estadía en París. Les habló de la Sabiduría, desarrollando las ideas de su libro El Amor de la Sabiduría Eterna.

Sin duda evocaron el contrato establecido el año anterior entre el P. Poullart y el P. Grignion. Según Grandet, la idea del P. Grignion era “formar un grupo o comunidad de doce hombres apostólicos sin bienes ni ganancias, como los Apóstoles”. Probablemente en ese año de 1703, en prenda de amistad y como símbolo del futuro, Luis María dejó a la Comunidad del P. Poullart la imagen que había esculpido: la Virgen abrigando con su manto a doce pequeñas figuras que representaban a los apóstoles llamados a trabajar “bajo la protección de María”.

Durante ese tiempo los pobres del hospital no se habían olvidado de su capellán. Así pues el 9 de marzo de 1703 le escribieron al P. Leschassier una carta en la cual pedían que hiciera regresar entre ellos “aquel que tanto ama a los pobres, el Señor Grignion”. Viendo en ello un signo de la Providencia, Luis María dejó otra vez París.

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COMPAÑÍA DE MARÍA
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